Cuando el agotamiento se vuelve estructural
El burnout se ha convertido en una de las palabras más repetidas en el mundo laboral contemporáneo. Sin embargo, sigue siendo malinterpretado. A menudo se presenta como un problema individual: falta de resiliencia, mala gestión del tiempo o incapacidad para manejar la presión.
Esta mirada ignora una dimensión fundamental. El agotamiento no surge en el vacío; es el resultado de estructuras de trabajo que empujan a las personas a una autoexigencia permanente. En muchos contextos, ya no es necesario un control externo rígido: cada individuo se convierte en su propio supervisor.
La cultura del “siempre disponible”, la hiperconectividad y la evaluación constante del rendimiento generan una presión silenciosa pero persistente. El trabajo deja de tener límites claros y se infiltra en todos los espacios de la vida cotidiana.
Abordar el burnout de manera efectiva requiere algo más que pausas activas o beneficios aislados. Implica revisar cargas laborales, expectativas implícitas, estilos de liderazgo y la forma en que se define el éxito dentro de la organización.
Cuando el agotamiento se vuelve masivo, el problema no está en las personas, sino en el sistema que las organiza.


